
Mirar la gente pasar. Sin motivo alguno, solo por entretenerse, quizá por curiosidad. Para los que andan siempre en el lado oscuro de los sentimientos parece que es algo que se nos da bien. Observar.
Hay muy pocas personas que sean capaces de preguntar lo acertado y muchas menos las que saben ver lo que no se ha dicho. Aunque en el fondo todo se dice, con la forma de expresarse y de moverse, si no, la mayoría de los que se hacen llamar videntes no tendrían por dónde empezar.
Pero, ¿qué es lo que te lleva a cotillear? Y aun más complejo, ¿qué es lo que te lleva a que te de igual?
La necesidad de manejar toda la información, todas las variables posibles, esa avaricia intrínseca que muchas veces es imposible frenar. Una mezcla de amargo con dulce. En el fondo, una tentación por saber lo que pasa en la mente y en la vida de los otros.
Todo cambia cuando te sientas. Cuando simplemente miras a desconocidos. Cuando sus vidas no son relevantes en la tuya (o quizá si, pues te hacen reflexionar de una u otra forma) y simplemente están cerca de tu camino.
En ese momento, ves los distintos colores del día, que por muy gris que parezca no deja de ser la mezcla de muchos colores. De muchas personas. De muchos sentimientos.
Y sonríes, por qué si. Porque merece la pena parar y sentir que da igual todo lo demás. Que en ese momento existe una armonía con el mundo difícil de explicar. Ese caos con sentido.
La diferencia entre tú y yo, nunca he llegado a comprenderla. Pero de alguna forma tiene sentido. Igual que mis pensamientos desordenados junto con todo eso que me pregunto y nunca me atreveré a preguntar.
PAZ Y AMOR
