lunes, 10 de agosto de 2009

Miedo


Millones de historias separan a la persona que escribió por última vez aquí. Muchas de ellas horribles de contar y de vivir, pero otras sin embargo son la razón para intentar superar las malas.

No sé quién seguirá leyendo esto, pero me da igual. Si algo he aprendido es que estamos solos, y que al final del camino la única pregunta que cabe es si estamos dispuestos a vivir con nosotros mismos.

Quizá parezca una conclusión deprimente, pero para poder tener esperanza en que alguien, además de Dios estará siempre a nuestro lado, hay que tener un optimismo que no poseo.

La gravedad de los actos, de los míos y de los ajenos se mide en segundos de dolor, en bocanadas de aire que ahogan, en pedazos de corazón que puestos sobre la mesa pueden llegar a ser aplastados.

Alguien me dijo una vez que mi mirada imponía lo suficiente como para dar miedo en los que se esconden tras máscaras. Que no sabía cómo leía tan bien la verdad en los ojos ajenos y a la vez no veía la verdad en los míos. Supongo que es porque yo me doy miedo a veces, es complicado.

El abismo sigue a mis pies, llevo semanas pensando en lo alto que parece, y el miedo que me da saltar, dar ese paso. Volver a mirar el reflejo de ausencia y asumirlo. Terminar de una vez la lista y continuar con la decisión.


Recordar que por mucho que quiera no podré cambiar lo que siento, y me parece que he decidido sufrir más. No puedo evitarlo, no me da igual.


Pero espero que no sea así para siempre, pues “siempre” es como en los test de la facultad, es falso, como “nunca”.


Y tras asumir lo que debo, espero como una niña abandonada en una estación de tren. El problema es que ya no soy una niña, y sé que nadie vendrá a recogerme. Y ahora me pregunto, ¿dónde está mi tren?


No sé quién eres, no sé quién soy.

PAZ Y AMOR

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